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Cuando el agua habla

Ruth Morán

16 junio 2011 > 30 julio 2011

En la obra de Ruth Morán (Badajoz, 1976), según palabras de J.L. Molina González, la sutileza gráfica y el gesto personal se esconden bajo una estructura sólida de carácter, a priori, insondable. No obstante, ese hermetismo es un espejismo para el espectador perspicaz, que puede desvelar, no sin dificultad, la intensa complejidad de estas obras que irradian un caos ordenado.

Quienes tienen la suerte de haber seguido la trayectoria de la artista, convendrán conmigo el momento de cristalización por el que esta pasando Ruth. Lo más sorprendente resulta la concreción de un espacio dual. Es decir, una determinación compositiva que aboga por transmutar en el rectángulo bidimensional dos líneas de actuación divergentes. De un lado un expresionismo vital, donde el trazo compulsivo evoluciona en un recorrido aparentemente arbitrario…, y de otra parte la consolidación de una geometría no visible que soporta el entramado irregular de las formas.Muy pocas veces, en la historia reciente del arte, hemos podido asistir al difícil mecanismo de alteraciones y combinaciones visuales resultantes del binomio razón-emoción. Ensamblar ambos conceptos, para la vertebración de una estética común correctamente dirigida, es sumamente complicado, tanto es así, que la mayoría de los artífices se han resguardado en los confortables brazos de la unidad expresiva.

Ruth, sin embargo, opta por la investigación…, un estudio concienzudo de hormiga que no posibilita la obra espectacular y única, a las que muchos autores nos tienen acostumbrados. Por el contrario, su obra es coral…, debemos observar detenidamente el discurso completo de su identidad creativa en la totalidad, pues ella se rige por la práctica metódica del análisis estructural, y no por la anécdota sensacionalista del efecto casual. Sus obras vienen compañadas, en muchas ocasiones, de una acumulación barroca de líneas que se entrecruzan en un mar de contradicciones. Dicho acopio informe de motivos gestuales manifiestan, paradójicamente, una situación de cercanía al vacío espiritual del arte más oriental. En su occidentalismo, Ruth nos muestra una continuidad de tramas que nos recuerda el posicionamiento social de la vanguardia, donde las distintas capas asimilan la ubicación de máscaras que usamos a diario para relacionarnos con el entorno, y sin las cuales no sentimos desnudos, desprovistos de nuestro aliento vital, en definitiva…, de lo que algunos llaman nuestra alma.