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Milímetro

Manuel Blázquez

26 septiembre 2013 > 15 noviembre 2013

Campos de memoria.

Campos de memoria, campos de tiempo, campos de fuerza, campos magnéticos y hasta sintéticos, incluso Campos de Castilla en honor al gran poeta de la palabra sencilla y profunda. Posibles títulos para este texto que han ocupado mis pensamientos antes de desarrollarlo. A diferencia de tantas veces, me obsesiono en buscar un complemento preciso a la palabra campo. Palabra que sin saber entonces por qué, fue la primera que tuve claro debía ser el arranque del titular de las presentes reflexiones.

Hace unas semanas, Manuel Blázquez me planteó escribir sobre su trabajo y yo le contesté afirmativamente sin dudarlo. Sus obras me resultan singularmente fascinantes. Su rotunda y compleja sencillez supone una irresistible tentación, toda una invitación a recorrer, con unas líneas de palabras escritas, las sombras que como escalones infinitos se hunden en las profundidades abisales de un tiempo hecho espacio.

Espacio (campos) y tiempo (memoria) son los dos parámetros fundamentales de nuestra existencia. También espacio y tiempo dan pie a la división más clásica de las diferentes artes: artes del espacio y artes del tiempo. Tengo muy mala memoria para las fechas, pero muy buena para recordar lo que he visto (dónde fue, sin saber cuándo). Las obras de M. Blázquez son difíciles de olvidar y muy fáciles de identificar y reconocer. Sus bloques de hojas de papel cortadas y apiladas son objetos tridimensionales, pero también son espacios enraizados en el tiempo. No es posible abstraerse del concepto de duración, del periodo transcurrido lentamente en la construcción de estos espacios sólidos por los que circulan entrelazados el aire y los relojes (no necesariamente blandos, pero a buen seguro persistentes e imaginarios).

Nombrar es empezar a existir (y eso es literalmente cierto en el caso de estas líneas) pero nombrar lo que ya existe es un modo de hacerlo tuyo, de conocerlo, de amarlo. Decía Leonardo da Vinci que El gran amor nace del gran conocimiento, conócelo, o no lo amarás, o lo amarás pobremente. Las obras de arte han de conocerse racionalmente y disfrutarse mediante la experiencia de la contemplación directa. Pero sobre todo, han de ser capaces de emocionarnos, de conmovernos. Esa intensidad emocional, esa energía en movimiento (energy in motion) que las obras de arte encierran, se logra por muy diferentes caminos y de modos muy distintos. En el caso de Blázquez, la blancura hollada milimétricamente en series superpuestas de hojas de papel y el juego de luces y sombras que se genera con escasísimos recursos y poderosa austeridad, son condiciones necesarias y suficientes para transmutar estos objetos de reducidas dimensiones en unos campos extensos ante los que nos sentimos diminutos espectadores. Mientras nuestros ojos recorren la limitada inmensidad de estos dinA4 o dinA3 y nuestra mirada se adentra en las imponentes escalinatas que se hunden en las entrañas del tiempo presente (y nos conducen no sé si al pasado o al futuro), nuestros pensamientos vagan raudos como el viento por la tierra inmaculada e inmensa del papel hecho eternidad. Canta sin voz, vuela sin alas, sin dientes muerde, sin boca habla(1). Como el viento, estas líneas sin palabras nos cuentas atávicas o futuristas historias. Como el viento, estas hendiduras sucesivas hacen volar nuestra imaginación y muerden nuestras entrañas. Como el viento, el silencio atronador de estas superficies nos llega hasta lo más profundo de nuestro ser. Viento hecho tiempo que nos invita a estar quietos y contemplar con los ojos cerrados el suave susurro de nuestra memoria.

Más allá de sus dimensiones físicas, de sus medidas exactas en milímetros teóricos siempre burlados por la tozuda y limitada realidad (210x297mm, 297x420mm) estas obras no son meros objetos volumétricos que establecen una relación de escala real con el espectador. Por el contrario, son dispositivos que contienen una poderosa carga poética – subacuáticas atómicas cargas de profundidad – una gran capacidad evocadora. Cada milímetro de desplazamiento horizontal sugiere un espacio llano y plano de considerable extensión (como las terrazas orientales de los campos de té o de arroz). Por su parte, cada micrade profundidad, esforzada, laboriosa y mínima, hunde sus raíces en ese tiempo detenido, ralentizado, magnetizado por esa repetición sistemática que genera sutiles diferencias, por esa secuencia ritual y rítmica, ceremonial y transcendente.

Cuando pienso y siento estas piezas, las veo unas veces como descomunales campos de naturaleza indefinida, más lunar que terrestre, más ensoñadora que real. Otras las vislumbro como borgianas arquitecturas monumentales cuyas solemnes escalinatas se hunden en tiempos pretéritos o nos abocan a dimensiones todavía por descubrir. Llanuras marinas de blancura helada, fondos pétreos de negrura tallada. Horizontes infinitos y nebulosos entre el cielo y la tierra, entre el pasado y el futuro, entre el espacio y el tiempo. Por paradójico que resulte, me identifico con un Gulliver enano, habitante accidental en una isla de papel sólidamente anclada entre dos aguas. Entre las profundidades de los mares del Sur de la imaginación y los mares desnortados de la memoria.

Parafraseando los conocidos versos de Antonio Machado, les invito a disfrutar de la belleza elocuente y silenciosa de estas obras casi desnudas. Golpe a golpe, corte a corte, línea a línea, verso a verso.

Juan Bta. Peiró
septiembre 2013

1. Tolkien, J.R.R. El señor de los anillos